sexta-feira, 20 de fevereiro de 2009

Cuando fuimos a ver el fin del mundo - Robert Silverberg, G,Wolfe e J.Tiptree



INTRODUCCIÓN
El final del Programa Apolo y la perspectiva, generalmente pesimista, de todo nuestro
esfuerzo espacial, ha sido uno de los elementos menos satisfactorios de 1972 para los aficionados a la ciencia ficción e interesados en la futura expansión de la humanidad. He reflexionado seriamente sobre todo este asunto y me parece que existe un medio para revitalizar y promover nuestra exploración espacial.

El problema estriba, desde luego, en que el público de los Estados Unidos ha perdido
interés en el espacio, y ello no tiene nada de extraño. Cualquiera que presenciase los interminables retrasos antes del lanzamiento del Apolo XVII, recordará que fue un «espectáculo» deprimente. Hasta el extremo que tras dos horas de aplazamientos y esfuerzos cada vez más desesperados del comentarista para pensar en qué decir sobre nada, uno de los periodistas exclamó: «Voy a hacer algo que me prometí a mí mismo no hacer nunca. Voy a contarles por qué me puse la camisa que llevo esta noche.»
Y lo cumplió. No fue un relato interesante, por supuesto, pero llenó unos minutos de un
vacío angustioso. Acto seguido, nos recompensaron con una prórroga compasiva de anuncios comerciales.

Ahora bien, no hay duda de que es una mala táctica y todos saben que nuestro programa espacial sube o baja según el interés que despierta en el corazón del contribuyente. Por lo tanto, he meditado sin descanso acerca del problema y lo he visto tan claro como claro fue el error de la NASA por no seguir el ritmo idóneo de las técnicas modernas de emisión por TV Después de todo, hay que tener en cuenta que en la TV compite con valores tales como Marcus Welby, Mary Tyler Moore y «Fútbol las noches del lunes». Por lo mismo debería prestar más atención a lo que la competencia ofrece.

Ante todo existe la «nueva moralidad» de la televisión, lo que anima a Maude a
preguntarse si debería abortar, y hasta permite a Mary Tyler Moore revelar que toma la píldora. Si antes dichas manifestaciones se consideraban demasiado indecentes para ser radiadas o televisadas, hoy día no son más que pura picardía, y, ¿hay algo mejor que las picardías para atraer a los televidentes?

Imaginen si esas rutinarias retransmisiones espaciales no serían mucho más
interesantes suponiendo que un par de astronautas comenzaran a cotillear sobre la vasectomía, después de un amerizaje; o, si al acercarse al término de una larga misión orbital, uno de ellos confiara al Control de Houston que había experimentado una eyaculación nocturna. Además, ¿no sería mucho más divertido para muchos televidentes de este programa si uno de esos latosos y aburridos comentaristas exclamara: «Voy a hacer algo que me prometí no hacer nunca. Mientras esperamos, voy a mear»?

Pero la NASA podría mejorar sus valores radiotelevisivos no sólo con cuestiones
picarescas. Piensen en los ringorrangos que la TV. ha introducido en sus presentaciones deportivas para aumentar el interés de su producto: repetición de jugadas; movimientos retardados; cámaras autónomas, etc. «Veamos otra vez al "Major Midamérica" mientras viaja sobre las rocas Lunares... Aquí lo tenemos..., observen cómo sus pies descienden poco a poco, un tanto torpes, por el filo de la roca... Oye, Walter, quizá deberíais considerar la posibilidad de instalar por ahí césped artificial.»

Quizá la NASA debiera buscar a un entrevistador de más impacto, como Howard Cosell, para dar un sabor más picante a sus programas de TV. Piénsenlo: «Hablemos de los resultados, jefe, ¿por qué el Gobierno, con su omnipotencia burocrática, considera necesario gastar millones de dólares en adiestrar hombres fuertes y sanos sólo para caminar en un ambiente tan grato en que la gravedad Solamente es una tercera parte de la de la Tierra?»

Y también: ¿por qué estima cada momento de sus astronautas tan histórico que deba
retransmitirlo en vivo y al instante? ¿P or qué no economiza película para un programa normal de hechos culminantes, tal vez titulado Wide World Space (Espacial Mundial)?

«Cuando el comandante Cory termina de buscar y reúne los glóbulos que se le han derramado de su botella de Tang, recuerden que en seguida aparece el comandante Jack Armstrong, Wasp, intentando un anclaje difícil en el espacio sin gravedad en una divertida inmersión...»
Si utiliza técnicas modernas, la NASA puede mejorar su estructura de valores hasta el
punto de que, en uno o dos años, conseguiría las redes de emisoras de TV que, en realidad, pujan entre sí para conseguir los der echos de emitir esas aventuras espaciales de la vida real. De ese modo, nuestro programa espacial empezaría a resarcirse de las contribuciones de la TV, suprimiendo con tal motivo un número cada vez mayor de protestas por parte de los contribuyentes americanos que hoy sostienen la NASA. (Por ejemplo: consideren las posibilidades inherentes a un combinado de lanzamientos espaciales americanos y rusos, particularmente si los imaginativos encargados de las relaciones públicas los lanzaran con una publicidad sensacionalista, como el Superlanzamiento I, el Superlanzamiento II, etc.)

Creo firmemente que nuestro programa espacial debería estar más en contacto con el
pueblo, hablar su mismo idioma. Es el único sistema. Y con toda seguridad sabríamos si el nuevo programa es del agrado del público al ver las columnas de la TV Guide repletas de cartas airadas de «viudas espaciales», y las emisoras empezasen a idear un nuevo programa titulado Monday Night Launch (Lanzamiento del lunes por la noche).

(¿Qué insinúa, que el launch window o los lanzamientos de naves espaciales no
siempre son adecuados a esa hora? También decían que el béisbol no se podía jugar por la noche, ¿verdad?)


ÍNDICE
Introducción Cuando fuimos a ver el fin del mundo, Robert Silverberg
La quinta cabeza de Cerbero, Gene Wolfe
La Reunión, Frederik Pohl y C. M. Kornbluth
Caliban, Robert Silverberg
Gravedad cero, Ben Bova
Miss Omega Cuervo, Naomi Mitchison
Cielo azul, Alexei y Con Panshin
Mecenas, Wüliam Rotsler
Sabio en dolor, James Tiptree

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