segunda-feira, 16 de fevereiro de 2009

Lo mejor de la ciencia ficción del siglo XIX - Isaac Asimov



Introducción: El primer siglo de la ciencia ficción

Todo entusiasmo aspira a la respetabilidad, y una forma de conseguirla es demostrar que
es viejo, incluso antiguo. El respeto se adhiere a todo lo que luce canas, y muchas veces cualquier viejo estúpido es tratado con reverencia simplemente debido a su pelo blanco y a su talento para la supervivencia.

Puede que ésa haya sido la causa de que algunos proclamen que existen datos suficientes
como para afirmar que la ciencia ficción es una literatura antigua. Para conseguir eso, lo único necesario es ampliar la definición.
Supongamos que consideramos la ciencia ficción como la rama de la literatura que trata
de lo imaginativo y lo no familiar. En tal caso prácticamente cualquier fantasía, cualquier leyenda, cualquier relato de viajes, podría ser ciencia ficción. Cuando nació el lenguaje, debieron de contarse una gran cantidad de mentiras en torno al fuego, relativas a las grandes hazañas de los cazadores de la tribu; también eso podría ser considerado ciencia ficción.
Sin embargo, si deseamos mantenernos dentro de la literatura formal y ceñirnos a esas
porciones de ella que son más o menos familiares a nuestra cultura, deberíamos empezar con la Odisea de Homero, escrita aproximadamente en el 800 a. C. Si estamos dispuestos a considerar a los cíclopes, a las brujas y a los monstruos como pertenecientes al registro de personajes de la ciencia ficción, entonces la Odisea es no sólo la primera, sino la obra de más éxito de toda la ciencia ficción jamás escrita. Después de todo, ¿qué otras obras de ciencia ficción escritas hasta ahora pueden tener la seguridad de ser aclamadas como un clásico eterno después de veintisiete siglos?

Por otra parte, si queremos ser más restrictivos deberíamos definir la ciencia ficción
como la rama de la literatura que trata de los aspectos de lo imaginativo y no familiar que se han empezado a aceptar como «cienciaficcionistas».
En ese caso, el primer relato de ciencia ficción que conocemos podría ser la Historia
vera de Luciano de Samosata, escrita hacia el 150 de nuestra era, es decir casi mil años después de la Odisea. El protagonista de la Historia vera es arrastrado hasta la Luna por una tromba marina. Todo tipo de imaginativos monstruos son descritos como habitantes de la Luna, y seguramente nada puede ser más cienciaficcionístico que un viaje a ese satélite que da vueltas en torno nuestro.
Sin embargo, todavía no es suficiente. Después de todo, Luciano estaba escribiendo
simplemente un relato de viajes. Llamó a la exótica tierra en la que aterrizó su héroe «Luna», pero igual podría haberla llamado «África», o darle el nombre de alguna isla imaginaria en medio del mar.

Supongamos, pues, que deseamos definir la ciencia ficción como la rama de la literatura
que trata de las cosas imaginativas y no familiares pero que intenta, pese a todo, ser realista y reflejar el universo tal cual es. En ese caso, deberemos buscar mucho después de Luciano.
El astrónomo alemán Johann Kepler escribió un relato titulado Somnium, publicado
póstumamente en 1634, casi quince siglos después de la Historia vera. Aquí también tenemos a un protagonista que se descubre a sí mismo en la Luna (esta vez llevado por los espíritus). De nuevo nos encontramos con un mundo poblado por extrañas y monstruosas formas de vida.

Sin embargo, la diferencia crucial radica aquí en que Kepler da a la Luna un día de dos
semanas y una noche también de dos semanas, lo cual es astronómicamente un hecho. Ésa fue la primera intrusión de la auténtica observación en lo que de otro modo hubiera sido una simple obra de fantasía.
Pero tampoco eso es suficiente. El avance y el retroceso de la luz solar en la Luna no
constituyen factores humanos. No requieren ni ciencia ni tecnología para ser comprendidos; simplemente, una observación ocular inteligente.

La auténtica ciencia ficción trata de la ciencia humana, con el constante avance del
conocimiento y la constante habilidad de los seres humanos para conseguir comprender mejor el universo e incluso alterar algunas partes de él, mediante su ingenio, para su propio confort y seguridad. Y si es así, la ciencia ficción se convierte entonces en un fenómeno enteramente moderno, y no puede reclamar la respetabilidad de una avanzada edad.
¿Por qué ocurre así? ¿Acaso los seres humanos no han aprendido cosas nuevas y
alterado su entorno desde los tiempos más remotos? ¿Quién sabe cuándo fueron usados los trajes por primera vez, o cuándo la primera rama o el primer fémur fueron utilizados como maza? En cuanto al descubrimiento del fuego, es anterior al Homo sapiens, puesto que fue una invención del Homo erectus, de cerebro más pequeño.

No obstante, a lo largo de casi toda la historia humana tales adelantos se realizaron tan
lentamente y se esparcieron a partir de su punto o puntos de origen tan gradualmente que los seres humanos, a nivel individual, no fueron particularmente conscientes del cambio en el transcurso de sus propias vidas. Como máximo, llegaron a asumir que algún dios o algún legendario antepasado habían inventado la tecnología que utilizaban, y eso era todo. Las cosas les llegaban ya completas.

Sin embargo, una de las características de la tecnología es el ser acumulativa. Cuanto
más avanza, más de prisa avanza y más posible hace nuevas y mejores vías de experimentación y observación del universo. En el siglo XVII la tecnología, gracias a los telescopios, microscopios, relojes, etc., dio el gigantesco salto hacia la moderna ciencia. Y cuanto más avanza la ciencia, más fácilmente puede guiar a la tecnología a nuevos y más rápidos adelantos.

A la larga, este fenómeno de grandes saltos aceleró el progreso de la tecnología de tal
manera que el cambio empezó a hacerse claramente visible en el lapso de una vida humana. Los individuos son conscientes de que el mundo está cambiando, y que son el pensamiento y el ingenio humanos quienes constituyen el agente del cambio.
Llegados a este punto, se hizo posible escribir acerca de un mundo que estaba
cambiando e intentar pronosticar, o anticipar, o simplemente presentar de forma plausible, cambios adicionales que aún no habían tenido lugar pero que podían tener lugar, y describir cómo tales cambios podían afectar a los seres humanos.

Podemos definir pues la ciencia ficción como la rama de la literatura que trata de las
respuestas humanas a los cambios al nivel de la ciencia y la tecnología..., entendiendo que los cambios implicados deben ser racionales y acordes con lo que se sabe de la ciencia, la tecnología y los seres humanos.

Así pues, la auténtica ciencia ficción, según su moderna definición (o al menos, según
mi moderna definición), no pudo haber sido escrita antes del siglo XIX, debido a que sólo tras el inicio de la revolución industrial en las últimas décadas del siglo XVIII la aceleración del cambio tecnológico fue lo suficientemente grande como para que éste fuera observado en la duración de una vida..., en las áreas del globo afectadas por dicha revolución.

De hecho, se ha puesto de moda considerar Frankenstein, de Mary Shelley, obra
publicada en 1818, casi dos siglos después del Somnium, como el primer relato de auténtica ciencia ficción.

Eso no quiere decir que la ciencia ficción tenga que bajar avergonzada la cabeza porque
sólo tiene dos siglos de antigüedad. Al contrario, debería enorgullecerse de constituir la respuesta literaria a la coronación del triunfo de la humanidad, simbolizado por la ciencia y la tecnología modernas. Debería anunciar públicamente y en voz muy alta el hecho de que trata de la gran verdad de los tiempos contemporáneos: el rápido cambio.
La ciencia ficción es joven porque es la literatura de hoy y, más que eso, de mañana.
Naturalmente, puesto que la ciencia ficción tiende a ir por delante de la ciencia y la
tecnología en las que está basada, la tendencia es concentrarse en la ciencia ficción contemporánea, y los grandes escritores del primer siglo de vida de la ciencia ficción suelen ser olvidados.

El gran escritor de ciencia ficción del siglo XIX que todo el mundo conoce es Jules
Verne. En realidad, fue el primer escritor de ciencia ficción profesional, el primero en vivir bien de una carrera literaria que estuvo dedicada primordialmente a la ciencia ficción. Su primer gran éxito fue Cinco semanas en globo, obra publicada en 1863, medio siglo después que Frankenstein.

Pero si bien Verne fue con mucho el más grande escritor de ciencia ficción del siglo
XIX, no fue el único. Los adelantos de la revolución industrial prendieron la imaginación de europeos y americanos, y muchos de ellos escribieron con entusiasmo, y a veces con temor, de los anticipados cambios aún por venir, y lo hicieron con variables grados de penetración.
En esta antología, Martín, Charles y yo hemos reunido las obras de un cierto número de
esos escritores de ciencia ficción del siglo XIX; en primer lugar, porque son interesantes documentos sociales, presentando de una forma efectiva los puntos de vista de hombres y mujeres imaginativos enfrentados a un mundo que empezaba a convertir los vientos del cambio en un torbellino; en segundo lugar, porque sus relatos son precursores de la ciencia ficción del siglo XX, y, en tercer lugar, porque son interesantes en sí mismos.
Retrocedan pues con nosotros al primer siglo de la ciencia ficción.

Lo mejor de la ciencia ficción del siglo XIX - Isaac Asimov [ download ]